Tumbado el lunes en la playa, me doy cuenta de que he cerrado un ciclo. 3.200 brazadas, 27.500 pedaladas, 100.000 pasos, 15 geles energéticos, 10 litros de agua y no recuerdo cuántas barritas son el balance de las 11 horas y 20 minutos más movidos de mi vida. Ayer completé un Ironman.
Hoy, cuando la experiencia se empieza a convertir en recuerdo y antes de que se haga olvido, rememoro lo vivido.
Son las seis de la mañana y el bip de despertador me encuentra soñando con que llueve y llego tarde a la salida. Desayuno preguntándome cómo este pan se hará pedalada y como el café, con suerte, se hará carrera.
Y mi vida se convierte en una vorágine. Ropa, dorsales, gafas de sol, las de nadar, el neopreno. Todo listo. Son las 7 de la mañana y mi salida es a las 8:20, por lo que decido ir al WC y comienzan las buenas sensaciones. Satisfecho, me concentro en la salida. Me digo “Felipe, hoy es tu día. Eres una puta máquina y ahora lo vas a demostrar. Llega tu turno, solo queda disfrutar”. Pienso que lo duro ya está hecho, recuerdo las siestas de verano cambiadas por entrenamientos, los madrugones, el cansancio acumulado. En el deporte, como en la vida, no hay heroicidades de un día, si no trabajo pequeño, constante, cotidiano.
Casi sin darme cuenta llega la hora de la salida y más tranquilo de lo que me esperaba, me meto caminando en el agua. Primero despacio, que ya habrá tiempo luego de apretar. Y todo se vuelve positivo. Mi ritmo es armónico. Un, dos, tres, respira, un, dos, tres, la boya, vas bien Felipe, un, dos, tres, coño me he desviado, un, dos, tres y ya estoy enfilando la última recta. Decido no apretar, que ya habrá tiempo de cansarse. Salgo del agua y empiezo a hacer el delfín para evitar marearme. Me tiro de cabeza, buceo un metro, me levanto y me vuelvo a tirar. No lo hace nadie más, la gente me mira raro e incluso hay quien me anima extrañado. Busco a Gema entre el público pero no la veo. Al poco oigo mi nombre y veo a Luz y a Angel, ya vestido de torero. Les digo que voy bien y de paso, me paro a charlar un poco. He decidido comerme el mundo y este es el momento elegido.
Cojo la bici, me paro a ajustarla, bebo agua para bajar el pH, alto debido a que he tragado litros de agua de mar. Hay pocos jueces y veo como se hace trampa. “Felipe, estás que te sales. No has venido aquí a chupar rueda”. 70 km y 38km/h de media me gritan que voy demasiado rápido. Joder, qué bien me encuentro. Hay una rotonda llena de público y veo a Gema. ¡Allí está! ¡También Rodrigo! Agradezco al cielo este instante, este regalo de la vida. Soy consciente de la suerte que tengo y casi sin darme cuenta me quedan 80 km . La distancia Madrid Soto Madrid que tantas veces he hecho, Felipe, esto te dura lo que un pincho de chistorra. Como, bebo y estoy en la transición.
Gloria me hace sentir una estrella. Ya estoy aquí. Solo falta correr y esto me lo meriendo. ¡Voy a saco! Hace tiempo que suena una música en mi imaginación que me dice que hoy, voy a pasármelo bien. Que no cuenten conmigo mis enemigos, porque hoy voy a pasarmelo bien. Las piernas me responden y me pongo a charlar con un guiri. Pasan los kilómetros y nos plantamos en el 10.000 en 50 minutos. Corro sobrado y algo me dice, que voy a pasármelo bien. No puedo evitar hacer cálculos y verme en la meta, pero ahora ya soy consciente de que aunque el ritmo es bueno, me va a caer la del pulpo. Y aparece mi amigo el del mazo, que ya sospechaba yo que andaba por aquí y me atiza como nadie lo había hecho nunca antes. Me tambaleo y me pierdo en mi exilio interior. Seudo consciente me concentro en los correr de 5 en 5 los kilómetros, en no plantearme nada. Coño, todavía quedan 20, una eternidad. Me cruzo con Luz y ni siquiera la veo. Algo no marcha ¡Me estoy asando! Decido que esto acaba en la meta o en la ambulancia. Zombi perdido me doy cuenta de que me estoy muriendo de hambre y meando Veo el color blanco del pis y me relajo pues no estoy deshidratado. Pienso que es una bajada de glucosa y me la juego a doble o nada. Me paro en el avituallamiento y me zampo 5 geles, un plátano y tres botellas de agua. Con dos cojones. O vomito y peto o vuelvo a correr. Hay suerte y empiezo a revivir. Soy yo otra vez. Gema y Rodrigo, me animan, se lo agradezco y continúo concentrado en mi viaje interior. La vida se reduce a no parar de correr.
De repente una sonrisa llama a mi puerta ¡Luz! ¡Un ser vivo entre nosotros! Nunca un nombre fue tan acertado y nos deslumbra corriendo a ritmo, hablando, sonriendo y agradeciendo los ánimos del público. Cojo su estela y me voy con ella. Se que no aguantaré mucho y la pregunto en qué kilómetro estamos. Me mira extrañada y me dice “¿Km??? ¿Y yo que se?” Genuina y bruta como ella sola. La dicen “empieza” y ella corre. En la meta alguien la dice “para” y si se detiene. Flipo. La pregunto qué ritmo llevamos y hasta a mi me suena absurda la pregunta. Imagino que no lleva ni reloj. Pero quedan 8 kilómetros y sigo corriendo. Gema me dice “Esto ya está hecho” y me doy cuenta de que ahora sí. Me concentro y sigo penando, paso a paso.
Anochece cuando al fin, 4 horas y 20 minutos después de empezar a correr, quedan 500 metros . Allí están Gema y Rodrigo. Se acabó mi exilio interior, y solo ahora vuelvo de un viaje que, como negarlo, se me ha hecho largo. Creo haber paseado por mi límite, por una frontera de la voluntad, pero estoy aquí y estoy más vivo que nunca. Ya no me tengo que concentrar en cada paso y me grito que aquí estoy yo. La meta abarrotada aplaudiendo, una banda tocando R&R, gradas. Los niños me chocan la mano al pasar mientras levanto los brazos, lloro, siento, sufro. Estuve aquí a diario desde hace 6 meses, pero hoy es real, la piel se eriza y mola mucho más.
Necesito hablaros, a Gema, a mis padres, a vosotros, mis amigos. Pero estoy solo y abrazo llorando al primero que encuentro, que resulta ser el médico. El pobre hombre alucina y no sabe qué hacer. Debo estar asqueroso de sudor y agua y sigo llorando. Al final reacciona y me intenta meter en la ambulancia. Aparecen enfermeros y mas médicos y me llevan en volandas a la ambulancia. ¡Coño, que estoy bien! Pero no me hacen mucho caso. ¡La que he liado por sensiblón! Por fin les convenzo de que lo que yo quiero es comer, una cerveza y el abrazo de mi mujer. Nos reímos el médico y un servidor, inmortalizamos el momento y por fin, aunque todavía no me lo creo, empiezo a saborear una dulce sensación que quince días después todavía no se ha desvanecido.
PUes bonita crónica..... algo diferente, y emotiva a la vez!
ResponderEliminarFelicidades!
Mario
www.marioescorza.com