Reflexiones tras mi tercer Ironman

Saber que se puede, querer que se pueda
Quitarse los miedos, sacarlos a fuera.

Aprovechando la buena forma, el sol, la jornada intensiva y la buena sensación del final del Ironman de Niza, decido apostar al 10. 10 horas en un Ironman. Hoy quiero dejar escrito cómo he crecido por el camino, qué ha habido de descubrimiento, en qué se han convertido las horas y los sueños entrenando, si es que en algo se convierten. 
Este es el proceso mental, espiritual, la lección que creo haber aprendido en mis propias carnes.

OBJETIVO.
Esta vez se trata de algo diferente. De competir en un ironman, no solo de acabarlo. He acabado dos y el tercero quiero hacerlo a lo grande. Alguien me habla de 10 horas, Jose Miguel me anima y poco a poco me voy convenciendo de que puedo. Lo difícil es convencerse. Me miro a los ojos y me digo que soy capaz. Me miro con cariño, me sacudo los complejos y me propongo comerme el mundo. Se han acabado las excusas. Se acabó pensar que no se nadar, que soy demasiado grande, demasiado patoso. Confieso que me veo como un mastín leones entre galgos, pero no hay nada que no se pueda cambiar. Es cierto que nací mastín, 1:88 de tipo descoordinado cuyo animal favorito es el gorila. Pero el secreto, mi secreto, me lo dieron también mis padres. Nací y crecí feliz y, llegado el momento, me veo capaz de hacer bien las cosas. Y esto hoy significa 10 horas.
ENTRENAMIENTO
Poco a poco me voy viendo capaz. Nadar los 3.800 metros en una hora y cinco, pedalear durante 180 km en 5 horas y veinte y correr el maratón en 3 horas y media. ¿Por qué no? Aquí estoy yo. Me gusta ver en youtube la final del 1.500 de Barcelona 92. Cacho se planta tranquilo en la salida. Tiene la peor marca, viene de un país sin éxito en atletismo, aquello está lleno de negros con mejor genética, él es un pobre hombre de Soria. Carga con la losa de ser español, esos que no ganan ni a la de tres. A veces lloro viendo cómo se sacude los complejos, como se come el mundo, como cambia con dos cojones en la contra recta por dentro, por el sitio reservado a los grandes, como cree en si mismo y sabe que ese es su sitio.  Me intento aplicar el cuento. Me pregunto cuántas veces se habrá imaginado a si mismo ahí, como se habrá entrenado para verse, qué hizo para no sucumbir a las excusas.
Cada día positivizo las sensaciones. Antes de acostarme analizo el día, viendo que entrené lo planificado, que si alguna serie se fue de tiempo, otras muchas no lo hicieron. El habito cotidiano de esforzarme en mirar el vaso medio lleno. Cuando me desveló el estrés, me vi nadando como siempre, y así pasaron los días y con ellos un verano maravilloso.
Además está, por supuesto, el compromiso. Igual que no valen excusas para no verme haciendo algo grande, no valen excusas para no entrenar y lograrlo.
En el plano deportivo, las cosas me están saliendo como nunca. Jamás hice las series de 4.000 como ahora, jamás me he visto tan fuerte.
CARRERA.
Por fin llega el día y todo está a pedir de boca. El número de dorsal me encanta, 545. Es cierto que me ha podido el estrés del curro las últimas semanas, que no he dormido bien y que apenas he entrenado, pero vengo de un verano fantástico y preparado para todo.
Al salir del agua el tiempo es un poco peor de lo esperado, pero las sensaciones son mejores de lo habitual.
Cojo la bici y me pongo a volar bajo. He entrenado para que el pensamiento esta vez sea diferente. Mientras en otros Ironman me gusta distraerme en la bici para que los kilómetros pasen rápido, esta vez me he entrenado para estar concentrado e ir a tope en cada metro, para fijarme en el GPS y no hacer prisioneros. Pasan 100 km y solo veo cabras a mi alrededor. Se ha levantado el viento, pero no quiero verlo. Voy a más de 35 de media y pienso que lo estoy haciendo. El estómago va como nunca, ni una molestia. Joder, qué paliza. Km 140. Llego a una cuesta y me sacan tarjeta amarilla, a mi juicio completamente injustificada. Me toca pararme 8 minutos. Me obligo a aguantarme, a no hablar del árbitro, a no cagarme en su puta madre y a seguir viendo la vida en positivo. Me digo que me va a venir bien parar, que comeré y beberé y que saldré mejor aun. Paro y no me dejan ni comer ni beber en los 8 minutos. No soy tan zen como para no desear meterle el pito por el culo, para que aprenda a sacar tarjetas el hijo de la gran puta. Bueno, me calmo poco a poco y al final de los 8 minutos salgo a comerme el mundo. Pero el viento está de cara, el tiempo pasa y mis fuerzas no son las de antes.
Voy a intentar no extenderme en los detalles. Las cosas no salen y la vida es un suplicio. Llevo 20 kilómetros del maratón y me estoy quedando sin pilas. En el 30 lloro de dolor, estoy tan jodido como el año pasado o más, me duele el piramidal en cada paso. Nada está saliendo como esperaba. Corro a un ritmo patético y no consigo cambiar. Me doy cuenta de que hay punto de inflexión, de que este momento forja el carácter, el punto de no retorno. Esto acaba en la meta por mis cojones. Estoy donde yo quiero estar. Mi mujer y mis hijos me están animando en el maratón de un ironman y me basta para ser feliz. Soy un paquete, me pasan en manada, pero Gemita, Rodrigo, Jaime, vosotros, me quereis por lo que soy. Me grito, “Venga, Felipe, este es tu fuerte. Ale con ello”. ¿Qué hacer cuando todo va mal? Tomar conciencia del momento, ver dónde estoy y sentirme orgulloso de mi mismo. Y por supuesto, seguir corriendo.
Hoy me siento orgulloso. Las cosas no salieron como esperaba, pero seguí corriendo. Me podría haber parado. Había mil excusas y mil sirenas cantando. Me vacié en la bici y el del mazo me sacudió en el maratón. Pero seguí corriendo. Disfruté. Y por fin, la meta. Me abrazo a Gema y lloro sin poder hablar. Tanta tensión, tanto dolor, tanta agonía. Me derrumbo y no puedo parar de llorar. Por fin he acabado.
Y me queda la lección de que sigo siendo un paquete, pero me miro con muy buenos ojos. Soy un paquete, pero tuve lo que hace falta para acabar.
Y por cierto, se que valgo 10 horas.







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