El zen de los almendros

11 de marzo. 
Hoy tengo un día de esos en los que hasta el aire me irrita, la música no me gusta, odio pitufar y soportarme es un suplicio. Un día de esos en los que si estoy solo me cabreo y si estoy acompañado, lo pago con el primero que pasa.
No aguanto más y gruñendo a gritos me voy a correr. Los kilómetros pasan y de pronto un olor a miel, a flores, a vida recien nacida llega a mi nariz. El viento se llevo los malos humos de los coches y los kilómetros los de mi humor. Tengo la suerte de estar en el campo, a metros de la ciudad pero a siglos de distancia. Los almendros han florecido y toda una alfombra rosa y blanca está bajo mis pies. Allá lejos, en otro mundo, las torres de Mordor y Florentino, la vanidad del hombre. Y aquí unas ramas cuajadas de belleza, de vida. El regalo de la primavera, pasajero presente imperecedero. ¿Puede algo tan bonito ser tan fugaz? ¿Puede una flor tan fugaz ser el secreto de la vida eterna, de la reproducción y la perpetuación? ¿Puede algo tan feo como las torres de Florentino ser nuestro legado?
 Existe el riesgo de que una helada en estas tempranas fechas eche al traste esta orgia de colores y olores, este grito armónico de belleza capaz de limpiar el peor humo de mi humor. Pero el almendro no escatima en belleza, no guarda nada en si mismo, todo es flor, toda la rama belleza, no hay alternativa guardada por si hiela. Pienso en lo bonito que es vivir y corro en armonía con mi mundo mientras, como un almendro, me propongo no guardar nada de alegría y de buen humor dentro de mi para sacarlo por si hiela. Y esto es vivir. Esto es el presente. La vida es un regalo y mi manada una fuente de risa y felicidad, la música un misterio capaz de hacerme vibrar, las zancadas corriendo introspectivamente la gasolina para vivir, la bici mi compañera y vosotros, familiares y amigos que tal vez leaís esto, la razón de vivir.
Como son muchas las horas corriendo, son muchas las gracias que doy por teneros a mi lado, por veros vivir, empezar una vida, operarse y curarse.
Disfruto tanto pensando en mi amigo, que en esa chica se ha encontrado, que empiezo a correr deprisa. Llevo dos horas corriendo, pero empiezo a volar bajo. El GPS marca un ritmo por debajo de 4 minutos el kilómetro, pero yo solo, sin nadie que me vea, sin nada que perder, feliz pensando en ti, corro intentando vivir como un almendro.
He llegado a casa y soy otro. Ya no me enfado con Gemita, pobre sufridora de mi humor. Os dejo con Neruda, que sabe decir las cosas que yo no se.

Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la tierra
el aire canta como una guitarra.

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