They speak Judo


Hoy aprovecho una anécdota cotidiana para ordenar las ideas, para compartir con vosotros, mis más íntimos, mis ideas a 20 bajo cero. Disculpad el  lenguaje, poco cuidado esta vez, pues demasiado tengo con el inglés y el italiano.

El viernes fuimos a judo. Lo habíamos preparado desde Madrid. Pensamos que la integración en una nueva vida sería más fácil incorporando a nuestra rutina un ocio conocido. Raul, su profe de judo de Madrid, amablemente nos buscó un gimnasio para niños en el que un amigo suyo había impartido clases. Tras varios intentos, allí nos plantamos el pasado viernes.

Los niños se están adaptando bien al colegio, mejor en el caso de Rodrigo, pues al tener que trabajar más en clase, hay menos necesidad de comunicación. Las matemáticas y el conocimiento son universales. En el caso de Jaime, si bien el juego es universal, les cuentan cuentos, inventan ejercicios o actividades en las que el lenguaje oral está más presente, lo que hace que sea un poco más difícil integrarse.

Y en estas llegamos a la clase de judo. Es en un gimnasio espartano, casi un garaje con tatami, con una treintena de niños. Se ven varias nacionalidades: marroquíes, argelinos, japoneses, americanos. Este ambiente lo he vivido antes, escalando o montando en bici sabe Dios donde. No hay ningún lujo pero no falta nada. No hay clases sociales, se respira trabajo duro. Fotos dedicadas de campeones olímpicos en las paredes sin pintar, suelos sin moquetas y calefacción baja.  Ese tipo de sitio en el que si no te gusta el deporte no entras, y si entras es el paraíso. Aquí lo tienes todo. Un grupo motivado, un profe bestial, un tatami inmenso, aparatos, anillas.

Ahí están Jaime y Rodri, agarrotados por los nervios, por los 60 ojos que les miran, por la nevada a 15 bajo cero que nos secó los músculos y el ánimo en el breve paseo desde el aparcamiento. Se quitan la ropa y con ella los nervios o el mal rollo Se ponen el kimono y ya comparten algo con los otros niños desconocidos. Sonríen. Empiezan el calentamiento y la vida fluye feliz por su cuerpo, sus caras serias se convierten en sonrisas y las miradas a sus padres desaparecen. Parecen gritarnos que esto es como en casa. La disciplina es imponente, nadie habla, el silencio es tal que puedes oir las pisadas de los niños, Gema y yo nos hablamos casi al oído y yo me descubro un poco nervioso. Espero que les vaya bien, que disfruten. Cuando, como parte de la clase, hacen unos minutos de concentración, la profe, una señora con una edad difícil de estimar y ese aire místico y autoritario que a menudo tienen los judocas, les da la bienvenida.  Un aplauso y esas cosas americanas. Silencio sepulcral tras el aplauso. Me sudan un poco las manos y agradezco sentir a Gema a mi lado. Ojala la vida les sonría y el judo sea ese deporte maravilloso que les calienta el ánimo en este invierno. Me saca de mis reflexiones un niño que pregunta si entienden inglés. They understand Judo. And that’s enough. Esta señora me ha ganado ya para el resto de mis días. Entienden Judo, con esto basta. Espero tener esta frase presente por el resto de mi vida.

Un servidor, nacido en Madrid pero de Ciudad Rodrigo, un tipo un tanto paleto que ha ido a parar con sus huesos a miles de kilómetros, rodeado de niños marroquíes, argelinos, americanos o japoneses, se maravilla viendo la capacidad de los seres humanos de encontrar lo que nos une, de obviar lo que nos separa, de jugar y convivir. Un servidor, consciente del privilegio de haber nacido en esta orilla del mundo, intuye que no hay fronteras, que no somos diferentes, que el mundo es un sitio maravilloso para compartirlo. Y me avergüenzo de mis prejuicios, de mi mirada al velo de la madre del niño que juega con mis hijos, extranjeros en esta tierra acogedora.

Besos desde mi nevada.

6 vueltas al sol

6 años. 6 vueltas al sol, cuántos kilómetros en ese cielo negro que juntos vemos por las noches. 6 veces pasando por un sitio frío donde nadie nos recordará.
Llegaste un 20 de junio, anticipando con la fecha tu vida. Todo sol, todo día, todo fuerza, todo luz. Con el el solsticio, la vida nos regalo un cambio que ni siquiera intuimos.
Me recuerdo incapaz de asimilarlo, de estarme quieto, de ver pasar la vida. En parte por sacudirme el cambio, en parte por despejarme y en parte por ser feliz, ese día me fui a montar en bici. Recuerdo bien el circuito y la compañía, casi puedo enumerar cada encina, cada curva, cada reguero. Los sitios donde la arena agarra la rueda y se empeña en que no gire, la subida endiablada tras esa curva de herradura, el cambio de ritmo que supone ese giro en el camino que obliga a frenar y cambiar de marcha al mismo tiempo. Sin saber por qué mi humor va cambiando, cada arañazo con una rama, cada gota de sudor, cada pedalada me van a llevando a un estado de ánimo capaz de percibir los olores, el giro del sol, tu nacimiento. Soy capaz de brindar con las abejas por la vida que amanece, de quererte y desearte.
Además tengo la suerte de mirar a mi lado y encontrar a mi amigo Casti, que ha tenido a bien acompañarme. No hace falta hablar, ni llorar, ni escribir. Pedalear y vivir basta. ¡Qué suerte su compañía!
Y hoy, seis años despues, quién me iba a decir que voy por el mismo camino acompañado por ti. Le has sacado provecho a estas 6 vueltas por el frío vacío y juntos cabalgamos exactamente por donde fuimos Casti y yo. La conversación es parecida, de bicis y cuestas mezcladas con escarabajos y fauna. La relación tampoco tan diferente, diría que en estas ocasiones nos acompañamos tanto, disfrutamos tanto juntos que pasamos casi a ser amigos, además de padre e hijo.
Rezo, pienso y en ocasiones escribo, más con idea de aclararme y ordenarme que con otras pretensiones. Dios ha sido generoso con mama y conmigo, ojala sepamos estar a tu altura. Que nuestra casa siempre sea el hogar, el cariño, la risa y el disfrute. Que tus hermanos sean tu apoyo y nuestros desvelos tu crecimiento. Que nada marchite tu risa ni apague ese solsticio que llena de luz la vida.



Que la vida nos regale tu cariño, tu día, tu alegría. Que esté llena de bicis y deportes, de risas y felicidad. Que me sigas preguntando cómo funciona el mundo, por los colores del sol y los tamaños de la luna.

La evolución y el sexo de los hijos.

Lo primero es decir que tiene una base antropológica evolutiva. Es un mecanismo clave en la evolución del hombre, del que no se ha dado cuenta todavía nadie, pero está ahí. Basta leerlo para darse cuenta.
El caso es que el hombre da el sexo a la descendencia. Aporta cromosomas X en el caso de engendrar una mujer o Y si fuera varón, mientras que la mujer siempre aporta una X.
La evolución se dio cuenta de que es mejor que los individuos muy burros sean varones, para que salgan a cazar, se den de hostias entre ellos, intenten bajar el tiempo del de al lado en todo momento y compitan desde los dos años a ver quien salta al agua desde la roca más lejana, con el consiguiente batacazo.
Los individuos más empáticos y con mejor carácter, cohesionan más la tribu estando cerca de la cueva, recogiendo setas y raíces y dando consejos a las mujeres sobre cómo ponerse el niño al pecho.
Y la evolución, que es sabia, cuanto más burro es un menda, más cromosomas Y le aporta, de forma que su hijo tiene altas posibilidades de disfrutar como un enano zurrándose con la tribu de enfrente. En cambio, los individuos muy sociables, conciliadores y con inteligencia emocional (Zapa es un ejemplo), suelen tener cromosomas X, con lo que la especie evoluciona con unas madres criadoras que encima son un sol y tienen buen carácter.
Ejemplos hay muchos. El príncipe Felipe. Media España dudaba de si era gay por sus modales y tiene tres infantas.
Luz. Para ser su marido hace falta ser muy bestia. Pues tiene dos hijos.
Angelito. Bajo esa sonrisa de galán de Hollywood se esconde un tipo más interesado en cansarse que en pensar: Dos hijos.

De este modo, se puede dividir la población masculina entre cazadores y recolectores, según el sexo de los hijos que tengan. Los recolectores, mal que me pese, son los folladores natos. Se quedan en la cueva mientras los cazadores están lejos una temporada y a base de empatía se trincan media tribu.
Para distinguir a un cazador de un recolector, le preguntas: ¿Tú qué prefieres, quedarte en una cueva llena de tias o pirarte con 5 amigotes a perseguir un bicho hasta el agotamiento durmiendo bajo una encina?. Los 5 amigotes, son tus colegas de siempre, corren como tú y vas a dormir errante.

Yo no lo dudo, me voy con los colegas. Una cueva llena de tías me parece horrible. Otra cosa es que hagamos una incursión por una tribu vecina, pero en principio, soy más de cazar que de de lo otro, no lo puedo negar. A los recolectores y los muy muy machos, les da vergüenza decir que escalar mola más que empujar.
Y en fin, aquí dejo esto publicado por si dentro de 100 años alguien lo lee y se da cuenta de la razón que tengo. La teoría es demasiado evolucionada para que se comprenda hoy en día, pero creo que en 2112, una vez que la prima de riesgo haya bajado gracias a las medidas de nuestro querido presidente, la humanidad será capaz de apreciar la teoría.
En los próximos años trabajaré en una formulación matemática. Hasta entonces, salud y alegría.