A menudo me imagino de mayor.
Es entonces cuando me pregunto dónde está el sentido de vivir, porqué lo hago, cómo envejezco. Me obsesiona saber dónde va el alimento que consumo, en qué se convierte mi energía, qué estoy creando.
Hay ocasiones en las que Peter Pan no acude a mi llamada, Wendy deja de volar a mi lado y aterrizo en esta puta oficina. No me mal interpretes: Miro mi vida y me gusta, pero ojalá siempre esté el futuro para decidir qué hacer con el presente.
Y casi como una constante, cuando la angustia y las preguntas me asedian, he buscado respuestas haciendo deporte.
Escalar es la mística, el juego, la respuesta. Es ser un niño que juega a ser un sabio que vive. Es la respuesta más elegante a una vida que se acaba. Es la risa con los amigos, la concentración, la confianza y a ratos, muy de vez en cuando, el miedo.
Hoy, con arrugas en la cara y quizá en el corazón, he cambiado las cuerdas por el triatlon. Resulto un proceso natural, como el propio envejecer. Un día, un poco más solo y un poco más viejo, me descubrí otra vez como el niño empeñado en no crecer.
A ratos, en los atardeceres de verano o cuando el otoño me sorprende un año más, mientras salgo a correr ordeno mis emociones, lo vivido y lo por vivir. En esos ratos doy gracias al cielo por estar aquí, por teneros a mi lado, por nuestro futuro. Creo que es por ello por lo que hago deporte, por que me siento más vivo, porque me ayuda a ordenar mi vida, porque me sobra energía y con ella mal humor.
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